sábado, 16 de septiembre de 2017

La Virgen de los Dolores está de estreno

    Hoy hemos celebrado la eucaristía en honor a nuestra madre la Bienaventurada Virgen de los Dolores, cuya festividad litúrgica se celebró ayer 15 de septiembre.
La celebración fue presidida por el cura párroco D. Elías F. Zaít León, quien presentó las nuevas vestiduras de la Virgen  y recordó como había sido su proceso de restauración.
    La Virgen de los Dolores aparece por primera vez en la Parroquia en el año 1750, según consta en el Libro de Fábrica I, es de candelero, madera policromada y mide 102 cm de altura. Se restauró en el año 2011 por Dña. Amparo Caballero.
   Las nuevas vestiduras, traje y manto, fueron realizadas por la modista y religiosa RR MM Dominica de la Sagrada Familia, hermana Belén, en Madrid. Estas serán puestas durante el mes de septiembre de cada año con motivo de su festividad.

 

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

    En el Evangelio escuchamos hoy varias cifras: siete, setenta veces siete, cien, diez mil. La pregunta que se encara es: ¿hay un límite para el perdón? Pedro pregunta a Jesús por la medida del perdón y le presenta una propuesta generosa, perdonar siete veces, número de la perfección. Pero Jesús va más allá del perdón «perfecto», apropiado o justo. El maestro lo invita a un perdón «infinito», ilimitado y desmedido: setenta veces siete. Este número es tomado de Génesis 4,24. Era una historia antigua sobre la venganza: si los asesinos de Caín serían vengados siete veces, los de Lámec, setenta veces siete. Ahora Jesús invierte el uso del número y lo que se cuantifica no es la venganza, sino la clemencia: el perdón gratuito es la nueva marca del cristiano.
    Jesús justifica su enseñanza con una parábola que recuerda que, por mucho que el hombre perdone a su semejante (en la parábola, los siervos), se tiene que sentir agradecido por el perdón siempre mayor de Dios (el rey). Con fi na psicología, Jesús desactiva la objeción de todo aquel a quien le cuesta perdonar: «No es justo, ese no se merece mi perdón». Jesús muestra que, si entramos en cálculos sobre justicia y méritos, Dios nos gana siempre, pues si el Rey nos ha perdonado una suma inmensa de pecados (diez mil talentos era una barbaridad; la suma que encontró Pompeyo cuando tomó el templo de Jerusalén fueron dos mil talentos: cf. 2 Mac 14,72); si Dios nos ha perdonado tanto, qué menos que nosotros perdonemos a nuestro semejante aquello que él no nos puede pagar.   
    Así también enseñaba el Sirácida en la primera lectura: «Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?». Dios es el garante del perdón, no nos quedemos cortos con nuestro hermano.

    Les dejamos el enlace con las lecturas y un video del Evangelio.


sábado, 9 de septiembre de 2017

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

     Las lecturas tienen como denominador común la palabra fraterna que amonesta y corrige. Ezequiel ha sido colocado por Dios como atalaya en la casa de Israel, para ser su centinela (Ez 3,17). Ha de vigilar para escuchar la palabra de Dios y comunicarla al pueblo, de modo que este pueda caminar desde su voluntad. Como profeta debe denunciar al malvado, y corregirlo en nombre de Dios. No puede callar, pues en su voz está en juego la obra de salvación de Dios y la vida del pecador. Tal es el deseo del salmista, que el pueblo no endurezca el corazón a la Palabra del que es roca firme y pastor que guía a su rebaño.
     El Evangelio de Mateo contiene parte del discurso sobre la comunidad (c. 18) señalando dos dimensiones fundamentales de toda comunidad cristiana: la corrección y la oración. En primer lugar, se propone un camino progresivo, del ámbito privado al púbico, para corregir y “ganarse” a un hermano que peca: primero a solas, luego con otros dos (Dt 19,15) y finalmente en la comunidad. Si se resiste a escuchar, se autoexcluye de la comunidad, que así lo ratificará con su autoridad conferida (atar y desatar). En segundo lugar, se afirma la eficacia de la oración comunitaria, en medio de la cual se hace presente el Señor. La oración es acogida por Dios Padre, por la mediación de Jesucristo. Este es el modelo de las asambleas litúrgicas cristianas reunidas en el nombre del Señor resucitado.
     El apóstol Pablo expone el núcleo de su exhortación moral de dónde debe nacer toda corrección fraterna. El cristiano, salvado gratuitamente por el amor de Dios en Cristo, ha de vivir desde esta misma dinámica del amor, que sintetiza toda la ley divina. Quien ama a su hermano (Lv 19,18; Mt 5,43) no le hará daño, y lo corregirá con verdadero corazón.

    Les dejamos el enlace con las lecturas y un video del Evangelio.


sábado, 2 de septiembre de 2017

XXII Domingo del Tiempo Ordinario

     La vocación que lleva a responder a la llamada de Dios para ser su mensajero, se canaliza en el profeta como una fuerza irresistible, seductora, persuasiva. En un duelo de voluntades, el poder y la efi cacia de la palabra divina que logra inexorablemente su objetivo, lleva a Jeremías a ceder su albedrío en una compulsión similar a la descrita por Pablo en 1Cor 9,16. Ahora bien, entrar en el criterio de Dios supone salir del de los hombres afrontando duras consecuencias: descrédito, irrisión, violencia, y hasta la muerte. Pedro, que aun no ha sido “seducido” por lo experiencia pascual, considera excesivo el precio a pagar, se aferra a la dinámica mundana y trata de arrastrar a Jesús hacia ella. 
     Pero, “ajustarse a este mundo” supondría frustrar el plan de Dios, lo que conllevaría la perdición del hombre. De ahí la dura reacción de Jesús, que dirige a Pedro palabras que evocan la última tentación (Mt 4,10), usando además el término “escándalo” que designa objetivamente la inducción al pecado. Pedro piensa sobre el sufrimiento de modo humano, conservativo, egoísta. El problema es que aferrarse a la vida presente es quedarse sin trascenderla, pues quien no se ha hecho partícipe del destino de Cristo en su pasión, no podrá ser asociado a su resurrección (Mt 16,27). Por ello, la única opción viable es la que toman Jeremías y sobre todo Jesús, hacer a Dios la ofrenda de sí mismos (Rom 12,1), dejándose arrastrar por su sed hacia Él (Sal 62,2) y por el fuego de su palabra (Jr 20,9).

     Les dejamos el enlace con las lecturas y un video del Evangelio.